Recientemente el país y el mundo han vivido con estupor las devastadoras
consecuencias de fenómenos naturales que afectan regiones poco frecuentes
con destructora intensidad. Huracanes como Katrina y Stan han puesto en alerta a
todos aquellos que tradicionalmente han hecho caso omiso a las advertencias
sobre las modificaciones de los patrones climáticos, de la mano de
situaciones tan dramáticas como el calentamiento global, inestabilidad del régimen hidrológico, degradación del suelo, del ambiente en su conjunto y otras alteraciones causadas por la actuación irresponsable de buena parte de la humanidad.
Hoy, las dolorosas lecciones que golpean al planeta deberían ser suficientes
para que asumamos una actitud mucho más sensata y responsable frente a la necesidad de controlar hasta eliminar las causas que generan estas anomalías en el clima, cuyos efectos catastróficos han venido siendo vaticinados por ambientalistas y científicos a lo largo de varias décadas. Las decisiones para revertir el daño deben iniciarse desde los procesos más sencillos en las costumbres de consumo hasta las mas encumbradas políticas de estado para la reducción de contaminantes y gases invernadero.
Por ejemplo, en países como el nuestro, donde se suele prestar poca o
ninguna atención a los llamados frecuentes de las instituciones ambientalistas por preservar la cobertura boscosa en las montañas, debemos adoptar actitudes mucho más sensatas y evitar que se siga atentando contra el equilibrio natural al talar los bosques o socavar los cauces de los ríos. Como tampoco podemos seguir
permitiendo asentamientos humanos en el entorno inmediato de los cuerpos hídricos como ríos y arroyos, que se constituyen en las primeras y más numerosas víctimas de las tempestuosas avenidas de las aguas colectadas por los cauces desde las elevaciones montañosas hasta las llanuras, que a falta de la adecuada cubierta vegetal se desliza atropelladamente sobre las comunidades establecidas en zonas inundables.
Mientras sigamos permitiendo que se rellenen lagunas, humedales, arroyos y cañadas para satisfacer el apetito voraz de urbanizadores sin conciencia ni regulación, o que humildes ciudadanos construyan sus casuchas en zonas de alto riesgo, tendremos cada vez más lamentables e inesperadas sorpresas, pues todo apunta a que estos fenómenos naturales lejos de aminorar su frecuencia e intensidad tienden a hacerse menos previsibles y destructivos.
Los acontecimientos recientes en Tamboril, Licey, Gurabo, El Embrujo,
Jacagua y otras zonas en la periferia de Santiago son apenas crónicas
anticipadas de lo que podría convertirse en la triste realidad de tiempos
por venir, en especial si observamos en que todos esos casos han intervenido
factores comunes: Montañas depredadas y riberas irresponsablemente ocupadas
o alteradas .
De ejemplos como esos está la isla plagada, ante la manifiesta indiferencia de ciudadanos y autoridades... Pero entonces, tristemente, suele prestarse atención de cuando en cuando, casi siempre cuando es muy tarde y sólo queda tiempo para los lamentos y las urgencias.