Erik Leonard Ekman: a 75 años de su muerte en Santiago .

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ERIK LEONARD EKMAN: "UN ESPÍRITU INDOMABLE, UN INTRÉPIDO CONQUISTADOR DE ALTURAS ANTILLANAS Y UN SOÑADOR DE VASTOS HORIZONTES".

 

Por Ing. Domingo A. Rodríguez -MGA-

Hurgando en los anaqueles del tiempo y de los mil rostros, de bizarros exploradores de los misterios insondables de la naturaleza, no se ha de encontrar una persona que se haya entregado tanto, que ofrendara hasta el último hálito de aliento para que hoy tuviéramos miles de razones para amar y apreciar la inmensidad de la creación.

Un iniciador de senderos, que rompió esquemas de su tiempo, que aún siendo grande se confundió con la belleza salvaje y armoniosa de una naturaleza vírgen, en las sagradas tierras antillanas.

Conocer a Ekman es una extraordinaria experiencia que nos remonta hacia sus miles de penurias y sinsabores, para escrutar el paisaje exhuberante que tanto idolatró, que se adueñó de su corazón y que recibió   cual semilla fecunda, sus sencillos despojos que una vez contuvieron la magia de su sapiencia y de su espíritu conquistador y su enorme pasión por lo que tanto amaba: los montes, las aves, las plantas y a los seres humanos.

Sus incansables exploraciones en la sierra de Esperón, las lomas de Tapaste y la manigua costera de Cojimar, en la Perla de las Antillas, hasta las serranías de Neyba, admirando el carácter indómito de los Antón Sape y la sierra del Bahoruco, fueron descubriendo para el mundo, una rica y extraordinaria biodiversidad, que por vez primera, la ciencia conocía.

Ekman, es el explorador indómito que puso nombre a cada rasgo del horizonte, a cada espacio, a su tiempo, a nuestro tiempo. Un trabajo insuperable que transformó la geografía antillana desde el pico Sueco hasta el mítico Monte Tina. Una faena sin pausas, sin descansos, con la sola comodidad de los incontables recursos de la naturaleza, con 150,000   ejemplares de plantas colectadas con su mano firme y sabia.

En la Cuba de sus amores, el trabajo fue sorprendente, impresionante. Centenares de excursiones, más de 19,000 especímenes colectados desde la Sierra de Mícara hasta la Isla de Pinos.

La Española conoció a un hombre extraño, con un aire de aventurero, que con su overall de dril, color fuerte azul, camisa de tela fuerte y zapatos de suela gruesa, heridos en su piel por los mil caminos recorridos, trazó sus senderos; abrió otros, conquistando alturas, desde la quietud del Morne de la Selle hasta la Pelona con su Pico Duarte.

Un hombre profundamente melancólico, sufrido y tierno, que en cualquier momento y circunstancia, aún en los más hermosos escenarios del mundo antillano, recordaba a su gente y a su patria lejana, de fríos bosques y fiordos escarpados.   En una navidad, de las tantas que vivió en estas tierras, escribía con nostalgia: "24 de Diciembre de 1914, ¡Noche Buena! Oh Dios! Tan lejos y tan solo me siento... no puedo evitar que los pensamientos me lleven a casa, a mi madre, a mi padre, a mis hermanos y a mis amigos... nada mejor que un poco de música para consolar la tristeza".

Henry Alain Lioger, otro de los grandes, con figura y labor cimeras, comentaba de Ekman, las verdades sobre su legado, que muy pocos se atreven a desmentir.   Escuchemos a Lioger: "Su temple de acero, su tenacidad   a prueba de fracasos, son un ejemplo que ha de animar al que lucha contra circunstancias poco favorables, sobre todo tratándose de la ciencia.   Ojalá tuviera este botánico eminente muchos imitadores en el campo de las ciencias experimentales, ya que, el adelanto de estas disciplinas tiende a favorecer no sólo a la cultura del espíritu humano, sino también al bienestar del hombre".

El desprecio casi absoluto por las comodidades de la vida moderna, constituyó siempre su estilo de vida.   Dormía en el monte, sólo bajo el cobijo de las estrellas.   Su lecho, muchas veces, lo constituía un manojo de hojas secas.   En algunos lugares recónditos, los moradores de alguna vivienda, se asombraban de encontrar en su área frontal, la figura durmiente de este hombre extraordinario que no medía los riesgos ni el sacrifico.

Su fuerza motora seguía siendo descubrir especies nuevas para la ciencia, en los nichos y habitats de las serranías caribeñas.

Sus necesidades personales se limitaban a las que le permitieran pobremente subsistir.   Decía en tono jocoso que él "en un aspecto era mejor que Diógenes, porque este necesitaba un barril como morada, lo cual es algo, que yo ni siquiera necesito".

Abusaba de su consistencia física hasta el punto que continuamente se exponía a las inclemencias del tiempo, por lo que no poseía la resistencia necesaria para enfrentar las enfermedades propias de las regiones tropicales.   No obstante, cuidaba siempre su salud mental, su optimismo y su manera especial de mirar hacia el futuro.

A veces, la tristeza invadía su alma, y se cuestionaba si realmente valía la pena el sacrificio, convertido en una verdadera inmolación.   En una carta que una vez le dirigió al profesor Samuelson, otro eminente científico, Ekman dejaba traslucir pequeñas frustraciones, convertidas en verdaderas reflexiones: "Cuando me entero de cómo mis ex colegas y amigos, se han doctorado y convertido en miembros de la Real Academia de Ciencias, dudo a veces un poco en seguir el camino errante que me señala mi estrella.   ¿Encontraré yo también a Cristo en el pesebre, al final del camino? ¿No es locura esto de tirar mi vida en estos lugares, sólo y constantemente expuesto a renunciamientos y fatigas?.   La única recompensa que de vez en cuando recojo, es alguna carta de reconocimiento a mi labor.   Pero, ¿compensa esto todo lo que he perdido?.   Me consuela, sin embargo, la certeza de que doy lo mejor de mí, y que tengo la conciencia tranquila.   No cabe duda que he nacido para ser lo que soy: un aventurero moderno, un caminante sin rumbo, en estos verdes prados del señor".

En esta verdadera declaración de principios, la figura de Ekman se agiganta, asciende a su condición de espíritu y se proyecta como un hombre sideral, con rasgos de inmortalidad y de santidad, como las criaturas tocadas con la luz infinita del Supremo Hacedor de Todas las Cosas.   Cuando se conoce a Ekman, y se aquilata su dimensión, logramos entender que es un ser humano excepcional, que trasciende la materia y se eleva a lo sublime.   Ecologista, amante de la naturaleza, auscultador de los misterios insondables del mundo creado, siempre tenía espacio para mirar más allá de una planta desconocida.    Nombraba los hitos geográficos, colectaba aves y mamíferos y estudiaba la dinámica de los diferentes ecosistemas, con su trama profunda y misteriosa.

La naturaleza de su labor no le permitió formar familia.   A su modo de vida y a su apostolado, no podía restarle más tiempo, porque éste no le pertenecía, era un patrimonio de la ciencia.   Por esa razón, no disponía de un espacio en su diario trajinar para mostrar interés, de manera formal, en el sexo opuesto.   Ante una pregunta, cuestionando su soltería, Ekman respondió con filosofía: "sólo podría casarme con una mujer botánica como yo.   En el mundo, hay seis mujeres botanistas y todas son muy feas".

Ekman era un hombre excepcional, fuera de contexto, con una fuerza de voluntad que rayaba en la hidalguía y a veces, en la irracionalidad.   Cuenta el Hermano León, religioso, su compañero de decenas de exploraciones y excursiones, que en una ocasión observó una planta que le llamó la atención.   Sin ningún tipo de rodeos, se subió hasta el firme del barranco para alcanzar el especimen, con tan mala suerte que resbaló entre las rocas y cayó al suelo, con un brazo roto.   Posteriormente, meses después, luego de curarse de la fractura, decide volver al mismo lugar, con el mismo resultado: se rompe el otro brazo.

Es imposible creer que este hombre intrépido y desprendido, regresa por tercera vez, alcanzando su objetivo: una especie nueva para la ciencia.   Su obcecación y tenacidad eran proverbiales.

A pesar de las condiciones en que transcurría su existencia, siempre a través de sus expresiones, brotaba su vasta cultura.   Conversaba con los campesinos y sus compañeros de viaje sobre ciencia, literatura y arte, no solamente del tema de la Botánica.

Un campesino dominicano, que había recibido a Ekman en su casa, mostraba, muchos años después de su desaparición física, las técnicas agrícolas y de conservación de suelos que le había aconsejado y que todavía utilizaba.   Prácticas agrícolas que, a nuestros días, constituyen un verdadero signo de avance.

Tenía un vocabulario muy variado, utilizando indistintamente los idiomas sueco, inglés y el español.   Nos cuenta el hermano León: "que cuando se enfurecía, sus palabras en cualesquiera de estos idiomas, eran también algo muy particular y no agradables para oídos delicados".   Un hombre, enormemente humano, sin poses ni máscaras.   Un verdadero genio, que conciliaba los sentimientos del hombre común, con los de los hombres únicos, que nacen una sola vez.

El Profesor Rafael Moscoso, uno de los científicos dominicanos más notables de los últimos cien años, tenía una especial devoción por Erik Leonard Ekman, resaltando siempre sus dotes excepcionales y su gran valía.

Luego de la desaparición física de este prominente científico sueco, Moscoso escribió una crónica donde se refería a que: "Ekman fue un hombre bueno, sencillo; un sabio humilde, sin poses, consagrado al engrandecimiento de la más bella de las ciencias".

Refería Moscoso en su crónica, en relación al tiempo en que ocurrió su muerte, que Ekman entendía que su misión en nuestra isla había ya terminado. No encontraría más plantas nuevas o interesantes en la Hispaniola, pues todas sus altas cimas habían sido ya exploradas por él y por otros hábiles colectores, y pensaba salir para Venezuela, término de su itinerario científico. Pero el notable viajero mostraba siempre una indecisión en su partida, y escribía a Estocolmo y a Berlín que "Todavía había algo que hacer en la isla". ¿Era que el Destino tendría dispuesto que el sabio botánico sueco, cuya sencillez lo hizo pasar inadvertido   de las gentes, durmiese el sueño eterno en la tierra cuyas plantas conoció tanto y amó tanto, y cuyo nombre, a centenares de ellas consagrado, eternizarán su memoria?...

Nuestra tierra, se enorgullece y prestigia, al recibir en su suelo, cual semilla fecunda, los despojos de un ser humano fuera de serie, irrepetible, único. Desde su morada postrera, en esta ciudad legendaria e histórica,   se irradia la luz de la ciencia, de la verdad y de la justicia. Que esta luz permanezca en cada rincón de nuestra tierra, para que Erik Leonard Ekman, se quede entre nosotros, para siempre.

 


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